Inés Praga-Terente
University of Burgos, Spain | Views:

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Canta Irlanda. Un viaje por la isla esmeralda (Javier Reverte 2014)
Barcelona: Plaza y Janés 2014
376 páginas

Un relato de viajes es siempre la expresión del alma del viajero, la crónica de unas vivencias personales, fruto de un ejercicio de curiosidad y devoción. La proliferación del género – tan antiguo como la literatura y la historia – muestra que, como en el río de Heráclito, nunca se realiza dos veces el mismo viaje aunque coincidan los personajes, los tiempos y los espacios. Por eso es de gran importancia conocer la brújula que guía a cada viajero ya que de ella va a derivarse la esencia y el desarrollo del periplo, que en el caso de Javier Reverte queda aclarado en las palabras siguientes:

Los viajes precisan de un impulso mítico, aunque estos impulsos sean más caseros y humildes que los de los tiempos heroicos, cuando los hombres iban a conquistar ciudades … Si el impulso mítico se diluye, por pequeño que sea el mito, el viaje se pierde. No obstante, a veces el viaje va construyendo su propia mitología” (2014: 19).

Leyendo a Reverte es evidente que ese impulso, si bien ya no aspira a conquistar ciudades y territorios como el propio autor comenta, aspira  a conquistar el espíritu de un lugar y a descifrar sus señas de identidad más íntimas. En otras palabras, a captar “the sense of place” que, en definición de Seamus Heaney es tanto un lugar geográfico como un lugar de la mente, un lugar vivido y vivenciado por y para el viajero (1980). En el prólogo del libro Reverte se revela que

[m]i pretensión no es otra que comprender un poco y rendir mi particular homenaje a esta isla en la que no hay serpientes, que exporta al mundo miles de curas y monjas y millones de litros de cerveza negra, que presume de tener uno de los índices más bajos de suicidio de la Unión Europea, que nunca ha invadido a nadie y que ha sido tantas veces invadida (por vikingos, normandos y sobre todo ingleses, que se quedaron un buen rato), donde sus habitantes beben hasta el delirio Guinness y whiskeys, gentes que prefieren la carne al pescado, las patatas a las verduras y que aman los cisnes y los caballos y a los poetas. En su bandera nacional no hay feroces águilas ni leones, tan sólo una delicada arpa gaélica (18).

Todo viaje comienza con un impulso mítico pero también demanda con el lugar cierto grado de amor y empatía que a veces, por excesivo, puede adulterar la óptica del viajero. Reverte evoca las palabras de uno de los grandes cronistas de Irlanda – Heinrich Boll, autor del célebre Diario Irlandés– cuando confiesa  que “el mayor obstáculo que me impide escribir mi visión de Irlanda es el hecho de que este país me gusta demasiado y no es bueno para un escritor escribir sobre un asunto que le gusta demasiado” (16). Quizá por ello Reverte escribió la versión definitiva del libro en 2012 rememorando un viaje realizado ocho años antes – en 2004 – tras dejar que reposaran  sus vívidas impresiones recogidas en  diferentes cuadernos. El autor aprovecha a veces esta distancia temporal para medir las diferencias entre la Irlanda de entonces y la de ahora, si bien estas apreciaciones son escasas.

Irlanda ha ejercido a lo largo de los siglos una notable fascinación para el viajero, representando esa Arcadia feliz y bucólica que la vida moderna aún no ha empañado.Tal imagen, abundantemente glosada en la literatura y en el cine, encuentra cierto eco en el subtítulo del libro, “Un viaje a la isla esmeralda”, que a primera instancia parece prometer los paisajes de ensueño de las postales de John Hinde. Reverte, sin embargo, dedicará una atención muy parcial a la belleza de la tierra irlandesa que, si bien es convenientemente alabada, en modo alguno representa el núcleo central del relato. El autor  ha viajado a lo largo y ancho del planeta y en su obra encontramos siempre el deseo de transcender las experiencias del propio viaje adentrándose en la historia del lugar que visita. Leer a Reverte es casi siempre visitar con él un país y un territorio y al mismo tiempo recibir documentadas lecciones sobre su pasado y – en menos medida – su presente. En el caso de Irlanda, el autor detecta de forma clara sus rasgos distintivos:

[A] las naciones no las significan tan solo su historia, su geografía y sus gentes, sino también sus mitos, su poesía, su música, sus canciones y, en el caso irlandés, el peso que la leyenda tiene sobre la realidad. Siento que Irlanda es el país europeo donde se aman los mitos con más fuerza que los hechos probados (16).

No cabe duda de que este prisma – la gran importancia de la leyenda frente a la historia, la fértil alianza de “story” y “history” en cualquier acontecimiento – es un fidedigno punto de partida para  todo viajero que busque la esencia irlandesa y por ello no debe extrañarnos que ambos elementos se alternen y se fundan en el relato de Reverte. Un relato que comienza en un día mítico para la literatura irlandesa – el 4 de Junio de 2004, centenario del Bloomsday – y que adopta de inmediato el carácter de peregrinaje por los lugares y los episodios Joyceanos. El peregrinaje literario será uno de los grandes estímulos del autor, que visitará y recreará con devoción los lugares de Jonathan Swift, Oscar Wilde, Brendan Behan, Patrick Kavanagh, Seamus Heaney, W.B.Yeats o J.M. Synge, rastreando siempre al ser humano además del escritor. De este modo efectuará tanto un jocoso “literary pub crawl” como la visita a museos, bibliotecas,viviendas y calles en busca de la huella viva. Y entre esas líneas  inserta a menudoversos escogidos de Yeats, Kavanagh o Heaney para ilustrar determinados pasajes o simplemente para hacer gala de la riqueza de un país donde “se reverencia a los escritores más que a los héroes”. Por otra parte, no olvida Reverte esa otra gran veta de la literatura irlandesaque es la tradición oral y a ella le dedica interesantes  comentarios en el capitulo “Y esta es mi historia”.

Pero el alma de Irlanda no sería tal sin la música que, en íntima alianza con la palabra, es la verdadera carta de naturaleza del país. El propio título del libro, Canta Irlanda, ya nos anuncia la presencia continuada de un extenso repertorio de baladas que el autor va citando según el acontecimiento o el personaje del momento. Cada  balada – siempre en versión original con su traducción al castellano – corona la narración de un suceso o un perfil histórico aportando la versión popular, el punto de vista de la leyenda, del testigo directo que estuvo allí o el halo mítico con el que Irlanda suele envolversus hechos y a sus gentes. Efectivamente, en el libro de Reverte Irlanda canta, canta la historia y la vida en miles de pubs y en cualquier situación, ofreciendo un repertorio rico y variado que en sí mismo es una valiosa aportación. En mi opinión, la selección poética y musical del libro revisten mucho mayor atractivo que la documentada – y a veces tediosa – información que ofrece sobre los principales acontecimientos históricos tales como los asentamientos británicos, la Hambruna, la división de la isla, la Insurrección de Pascua, o personajes claves como Oliver Cronwell, Daniel O’Connell o Charles Stewart Parnell, por citar solo algunos ejemplos. Como apuntábamos anteriormente, Reverte siempre ofrece amplia documentación sobre los países que visita y en ocasiones ésta puede resultar desproporcionada, desviando la atención del lector sobre el desarrollo del viaje. A ello debe sumarse el interés casi exclusivo en acontecimientos del pasado – sin duda relevantes para entender el presente – y una escasa atención a la sociedad irlandesa actual. Quizá su análisis más contemporáneo sea el relato de los disturbios y la situación de Irlanda del Norte anterior al acuerdo del Good Friday de 1998 porque no en vano Reverte vivió de forma directa el Bloody Sunday en su calidad de corresponsal de un periódico. El celo del autor en documentarse pasa por alto una observación más estrecha de las grandes transformaciones de la Irlanda del siglo XXI y de sus múltiples problemas, como la economía, los movimientos migratorios, las minorías o los problemas de la Jerarquía Católica, por citar algunos. No puede achacarse esto a su falta de contacto vivo con los irlandeses: muy por el contrario, es de alabar su cercanía para iniciar una conversación espontánea en cualquier pub – su lugar de encuentro favorito – o en otros lugares, conversaciones que suele transcribir con fidelidad y que constituyen una jugosa antología de anécdotas.

No faltan las referencias al cine irlandés, y su potencial para la creación de estereotipos nacionales,con todo un capítulo dedicado a The Quiet Man, la película que hizo a un adolescente Reverte enamorarse de Irlanda pero sobre todo del esplendor pelirrojo de Maureen O’Hara. Como tanta gente de su generación, él descubrió en la pantalla que había vida – y muy atractiva – más allá de nuestras fronteras y sintió el deseo de escapar hacia allá. No cabe duda que somos legión los españoles que aprendimos a soñar en el cine y que un día pensamos que en Irlanda todas las mujeres eran como Mary Kate Danaher y que todos los caminos conducían a Inisfree. En cualquier caso, lo que nunca declina a lo largo de Canta Irlanda es el  entusiasmo del autor por vivir y sentir esa Irlanda que canta todo el tiempo, sobre todo historias de mártires y perdedores. Un entusiasmo que no disculpa la a veces descuidada revisión tipográfica y errores notables  como atribuir el origen de Seamus Heaney al condado de Kerry (en vez de Derry!) (240) o  imprecisiones como referirse a “la República del Sur” (47) o “el Eire”(152). Del mismo modo resulta confusa la autoría de las traducciones, tanto de los poemas como de las baladas. Quizá debemos suponer que las primeras proceden de las traducciones que cita en la bibliografía aunque no se señala nada al respecto; y en cuanto a las baladas, sólo en el apartado de agradecimientos sabemos que unos amigos le “asistieron en las traducciones al español de las canciones irlandesas, en ocasiones muy difíciles de trasladar a otros idiomas” ¿Debemos deducir por tanto que son del propio autor?.

Reverte se revela en Irlanda, no solo como un viajero, sino como un buen parroquiano que ama y conoce la vida irlandesa, el ritual de la bebida y – hasta donde el país se lo permite – de la buena comida. El libro se nutre  de un detallado diario de su actividad gastronómica y resulta una guía más que notable de los pubs de Dublín, cuya cerveza, bullicio – y sobre todo música en directo – le producen una fascinación absoluta. De ahí el contraste tan acusado entre sus diferentes registros narrativos: el humor y la campechanía con que nos cuenta sus experiencias personales choca con el aséptico tono enciclopédico de su documentación histórica. Y es que, a medida que avanza el libro, el escritor y el estudioso de Irlanda van dejando paso a un Reverte íntimamente irlandés  que se funde en el paisaje y el paisanaje sin el menor esfuerzo. Afirma Glen Hooper, editor de una interesante antología de relatos de viajes a Irlanda, The Tourist’s Gaze, que el mayor móvil para el viajero es siempre la posibilidad de reinventarse, de imaginar y explorar la pluralidad del ser que habita en nosotros y que se libera en un contexto diferente (2001: xiii-xiv).Tal es el caso de nuestro autor, que poco a poco abandona la óptica del viajero y, ya sea tomándose una pinta, cantando baladas a coro en un pub, gozando del paisaje al volante de un coche o rastreando en vivo la historia, se convierte en un simple enamorado de Irlanda. Tan enamorado, que el libro se cierra con una pregunta al lector cuya respuesta no es difícil adivinar:

Si tuviera una nueva vida, amigo lector, y pudiera elegir una tierra donde nacer, ¿cuál crees que escogería?.

Works Cited

Boll, Heinrich.1998. Diario Irlandés. Madrid: Galaxia Gutemberg.

Heaney, Seamus.1980. Preoccupations. Selected Prose,1968-1978. London: Faber and Faber.

Hooper, Glenn. 2001. The Tourist’s Gaze: Travellers to Ireland,1800-2000. Cork: Cork University Press.